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Los Rostros De La Crisis 7

EDITORIAL: LOS ROSTROS DE LA CRISIS

Juan Lenzo / Tatuy TV

Correo Electrónico: revolucionomuerte.info@gmail.com

Twitter: @TatuyTv /@catedrache

 

Por doquier brotan los nodos del gran entramado de efectos que produce la crisis venezolana, que al año 2018 avanza desaforadamente. Algunos eran previsibles, otros totalmente inesperados y hasta inverosímiles. Haremos un esfuerzo por inventariar estas manifestaciones fenoménicas de la crisis, para ilustrar a aquellos y aquellas que aunque no viven en el país, buscan entender la cotidianidad de la crisis, para quienes viviendo en nuestro territorio lo hacen en una plácida o engañosa burbuja, y para la dirigencia que aunque habita en nuestra patria, prefieren ignorar y omitir las calamidades que enfrenta el pueblo.

En Venezuela los precios suben todos los días, o en cuestión de horas en muchos casos. El pueblo inicia el día en una frenética búsqueda de las cada vez menos mercancías que se pueden obtener para la cada vez más difícil reproducción de la vida. La labor detectivesca por encontrar los más bajos precios revela que de un lugar a otro los precios del mismo producto pueden variar hasta 200%. Lo mismo ocurre cuando se trata de la forma de pago, si pagas con el escaso efectivo, los precios pueden ser hasta 150% más baratos que si pagas con la tarjeta. Entonces aparece por un lado, el negocio de los puntos de venta; hay quienes tienen varios y los alquilan, otros cobran un porcentaje por el uso del mismo, y por otro lado, el negocio lucrativo con la compra venta del papel moneda, que luego de sucesivas transacciones, y a pesar de la negligencia bancaria que ofrece a lo sumo 100 mil en efectivo por taquilla, termina en la frontera colombo-venezolana alimentando el contrabando de extracción y el negocio de las remesas que se captan en este conflictivo territorio. La frontera luce como un gran imán que atrae todos los productos venezolanos que generan ganancias estruendosas a sus contrabandistas. Desde gandolas de gasolina hasta paquetes de paledonias terminan atravesando la frontera con la anuencia crematística de la guardia nacional. Los mercaderes informales gozan rompiendo en papelillos los viejos billetes de 50Bs que ya nadie recibe. Mientras todo esto ocurre, los comerciantes esperan, con inteligente en mano, que le caigan las transferencias bancarias, otro de los mecanismos que permiten la compra-venta de mercancías,  y que lleva a putear el servicio de internet cada vez que no abre la página del banco. Las cajas y bolsas de alimentos, que eventualmente llegan a manos de las comunidades, logran paliar temporalmente la situación.

Pero para otro segmento de la población, beneficiaria de las remesas, el ingreso en divisas, el comercio, la especulación y el contrabando, la situación no es tan compleja. Les basta con visitar estos nuevos establecimientos que llaman markets, pequeñas tiendas abarrotadas de productos altamente costosos, o simplemente articular con los bachaqueros para acceder al mayor lo que para los asalariados, pensionados y bonificados es prácticamente imposible comprar al detal.

Para poder salir a trabajar y a comprar, el pueblo pobre no tiene más opción que acudir al mal llamado transporte “público”; colapsado y atiborrado procura una estampida en cada parada. A los pocos autobuses que circulan se le suman las famosas perreras, camiones 350 en los que la gente lucha a muerte para subirse ensayando una mezcla de gimnasia en barra fija con escalada libre. Esta situación provoca a su vez que el verdadero transporte público estatal no aguante la demanda del servicio, y terminé abarrotado entre colas kilométricas, golpes, robos y un deterioro acelerado de las unidades que prestan el servicio. El transporte goza de la extinción casi total de fiscales tránsito, vías deterioradas y semáforos con vida propia.  A las cinco de la tarde las ciudades lucen desoladas, con transeúntes que desesperadamente caminan para llegar a sus casas antes de que les caiga la noche. El tráfico vehicular descubre cada vez menos colas, por la cantidad de vehículos familiares y taxis que están parados, por eso del aceite, los cauchos, las baterías y los repuestos que resultan incomprables. Ni hablar de las casi extintas línea de mototaxis. No ocurre lo mismo con la gasolina, que resulta un chiste recurrente por lo “irreal” de su precio, aunque realmente lo pasmoso sea el despiadado incremento de precios del resto de las mercancías. Y cuando se tiene la osadía de viajar hacia otro estado, el traslado se convierte en una odisea, entre unidades dañadas que se accidentan a cada rato, vejámenes sufridos por parte de los transportistas ávidos de efectivo para venderlo en la frontera, y la acción sistemática de bachaqueros que pretenden fortunas con el sobreprecio de los pasajes; y si se opta por el transporte aéreo, el drama no es menor para adquirir los pasajes a través de un sistema que ya directamente controlan mafias, que han llegado al extremo de cobrar los boletos en dólares o a precios exorbitantes. Paradójicamente la emisión de gases de efecto invernadero vienen sufriendo una caída, nuestro planeta lo agradece.

Finalizando la tarde aparecen los representantes del segmento de la población que ni siquiera tiene salario ni bonos para sobrevivir; después de patearse la ciudad mendigando y robando para comer, inician la jornada de disección de las bolsas de basura, disputándose con los pocos perros famélicos que quedan la recolección de los desechos comestibles que cubran las calorías necesarias para pasar la noche. Lidian también con las no pocas personas que en situación de calle padecen ahora del síndrome de abstinencia al no poder acceder a drogas ni alcohol.

La basura amanece esparcida en las aceras de las ciudades. El olor pestilente recibe a los y las trabajadoras que madrugan para poder llegar a su sitio de trabajo. Todos los días se estrena un nuevo lugar para depositar la basura, ante la incompetencia del servicio de recolección y disposición de los desechos sólidos, que sólo cuenta con la ventaja relativa de cada día tener que recoger menos, porque menor es la cantidad de cosas que se pueden comprar, y mayor es la cantidad de cosas que se reparan, re-usan y reciclan. La situación sanitaria compromete a un pueblo que no sólo está alimentándose mal, expuesta a la angustia y el miedo cotidiano, sino que al enfermar debe enfrentarse a la calamidad mayúscula que atraviesa el sistema de salud.

Si alguien se enferma el desasosiego invade inmediatamente al grupo familiar del convaleciente. La desesperación obliga a familiares y amigos a emprender un periplo por la búsqueda de medicamentos que parece más una lotería. Llamadas, cadenas de mensajes por los famosos grupos, oficios, llamadas telefónicas a servicios de atención, más oficios, favores de enfermería, contacto con camilleros, ayudas de médicos, llamadas a funcionarios públicos, trueques y vaya usted a saber de cuantas cosas más se valen para llegar corriendo al hospital con medicina en mano, y entregársela a los cada vez menos médicos o enfermeros que con maltrato y obstinación terminan aplicando el tratamiento al paciente. Ni hablar de exámenes de laboratorio, placas, tomografías, resonancias, etc., que en la mayoría de los casos, frente a la falta de reactivos, repuestos e insumos, termina obligando a las familias a entregarse a los brazos inclementes de clínicas y laboratorios privados que terminan desangrando, esta vez, el bolsillo del pueblo, que le toca empeñar todo, raspar las tarjetas de crédito, endeudarse hasta el alma para garantizar la vida del desconsiderado que se le ocurrió enfermarse en estos tiempos.

Ya es lugar común comparar despectivamente el ingreso salarial con cualquier otra mercancía, tal como ocurre con el huevo, que representa la mercancía preferida para el ejercicio de la comparación. Un empresario cualquiera, con apenas pocos días de ganancias puede cubrir los salarios mensuales de toda su nómina. Sin embargo, la crisis le deja cada día menos espacio a los pequeños y medianos empresarios (en favor de los grandes monopolios y oligopolios) que terminan con las santamarías abajo, o en el mejor de los casos, migrando de actividad económica, preferiblemente a aquella relacionada con la venta y distribución de bienes de consumo, especialmente alimentos. Así vemos a zapaterías, tiendas de ropa, electrodomésticos, muebles, etc., devenir en locales de venta de alimentos: cambures, plátanos, queso, pan, etc. Las empresas quebradas terminan dejando a merced del sálvese quien pueda a miles de trabajadores y trabajadoras.

Un buen amigo comentaba que los trabajadores y trabajadoras se encuentran en una situación de despido indirecto por la precariedad salarial, lo que ha provocado que todos los días, cientos de personas, especialmente del sector público, asuman la condición y terminen desertando de sus puestos de trabajo, para incorporarse en la sobrevivencia cotidiana a través del comercio, el bachaqueo, el contrabando, la especulación financiera, la migración o el teletrabajo, estos últimos apetecibles para las corporaciones transnacionales que ven en la fuerza de trabajo venezolana una de las más baratas del mundo. De esta forma, empresas e instituciones estratégicas del estado venezolano se descompensan dramáticamente con la pérdida de personal calificado, lo que impacta en la eficiencia de sus actividades y por ende, en el ingreso nacional. Por ésta, y otras causas, reprochables igualmente a la crisis, las sanciones norteamericanas y a la negligencia en el manejo gerencial se ha visto caer la producción petrolera, agroalimentaria, metalúrgica, manufacturera, así como también se evidencian problemas  recurrentes en la prestación del servicio de electricidad, agua potable, telecomunicaciones, etc. Toda esta situación relatada hace que los horarios de trabajo en la administración pública se modifiquen en el hecho, reduciendo no solo las horas laborables por cada jornada, sino incluso reduciendo la cantidad de días laborables, provocando además una actitud negativa e indolente para con las responsabilidades laborales, limitadas por la falta de recursos, la ceguera política de las gerencias y direcciones institucionales acostumbradas desde otrora a dirigir con abundantes recursos financieros.

Los trabajadores y trabajadoras del sector educativo encaran con pánico no sólo la deserción docente, administrativa y docente, sino el abandono progresivo de estudiantes, que optan por migrar a otros países o dedicarse a perseguir los recursos necesarios para colaborar en la manutención familiar. Las universidades lucen desoladas, las polémicas pruebas de admisión vienen omitiéndose tras la poca demanda. Carreras que en el pasado gozaban de una abundante demanda hoy tambalean frente a un inminente cierre técnico. Los laboratorios, bibliotecas, comedores y espacios de recreación adolecen de los recursos necesarios para su normal desempeño.

Todo este complejo panorama deja terreno fértil para la instalación de mafias, enquistadas en instituciones y empresas que terminan negociando con todo, fertilizantes, semillas, cajas clap, repuestos, pasajes, pasaportes, billetes y cuanta mercancía esté a su alcance. Pero lo más grave es el tufo a privatización que impregna peligrosamente a las empresas e instituciones del estado, que palidecen frente a la vorágine de la crisis.

Sin embargo, existe otra Venezuela que se abre paso en medio de la crisis, que lucha, se organiza, resiste. Un pueblo que entiende su rol histórico y supera el letargo y la parálisis de quienes claudican y se entregan a la resignación frente al capitalismo. Trabajadores y trabajadoras de la industria petrolera que no se rinden y apuestan por el aumento de la producción y contra la avanzada privatizadora, con el talento y la fuerza propia que acumuló la industria en los años de ofensiva revolucionaria. La clase obrera de las empresas nacionalizadas y recuperadas, que se niega a la entrega y enfrentan todos los días la negligencia gerencial, la corrupción y las tentativas privatizadoras, tratando de impulsar la producción en la medida que transforman las relaciones sociales y los métodos de gestión. El movimiento comunero, que desde sus territorios entienden que sólo es posible enfrentar la crisis, profundizando la organización del pueblo y planificando integralmente la producción. La milicia bolivariana que con firmeza acompaña al pueblo en la lucha, presto para la defensa integral de la nación, de la mano de una vasta representación del resto de los componentes de la FANB, que con honestidad y compromiso se resisten a la corrupción y el abuso de poder. El pueblo humilde venezolano, que no se rinde a pesar de las calamidades, espera ansioso la batalla contra la burguesía y la élite política que  hoy apuestan por sepultar a la Revolución Bolivariana. Toda estas trincheras de lucha tienen el deber histórico de sumar fuerzas y confederarse en una potente organización que salga de la profunda retaguardia a la que fue confinada y asuma la vanguardia del Poder Popular, como expresión radical que retome las banderas de lucha por el socialismo revolucionario.

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