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SIMÓN RODRÍGUEZ, EDUARDO GALEANO Y NUESTRA AMÉRICA 3

SIMÓN RODRÍGUEZ, EDUARDO GALEANO Y NUESTRA AMÉRICA

Roberto Carlos Palacios / Cátedra Che Guevara – Venezuela

Correo Electrónico: revolucionomuerte.info@gmail.com

Twitter: @catedrache

 

¿Dónde está la rebeldía del pueblo de Robinson, Bolívar y Chávez? ¿Acaso no asumiremos el combate al reformismo imperante?

El natalicio de Simón Rodríguez es una ocasión propicia para retomar nuestros editoriales, en momentos en los que cruje el continente y también nuestro país.

Doscientos Cincuenta años hace del nacimiento de uno de los venezolanos más luminosos, fuente nutricia del pensamiento emancipador del Libertador Simón Bolívar, maestro y guía, pero además un gran rebelde y conspirador, no en vano es conocido como Samuel Robinson, su apodo de clandestino, que da nombre a la Misión del Comandante Chávez que llevó Moral y Luces a toda la Patria erradicando el analfabetismo.

No podríamos ni pretendemos agotar la figura inmensa de Simón Rodríguez con este editorial, nuestro objetivo es resaltar su espíritu rebelde llevado hasta las últimas consecuencias, sin dobleces, sin claudicar por motivos tácticos. Sus ideas forman parte del árbol de la tres raíces que es sustrato teórico e histórico de la gesta del Comandante Chávez, que no colida con el Socialismo sino que confluye en su cauce, lo inicia para esta parte del mundo.

Estudiar el pensamiento de Simón Rodríguez sigue siendo una tarea vigente para los revolucionarios venezolanos y latinoamericanos, para demostrarlo quién mejor que Eduardo Galeano, el mismo que abrió las venas del continente a nuestro entendimiento.

Galeano no necesita mayor presentación, antes de vibrar con sus palabras que son un grito continuador de la rebeldía robinsoniana, diremos que las pronunció en el año 2.013, en Caracas, condecorado justamente con la Orden Simón Rodríguez, y con la condecoración que otorga el Consejo de Cultura de los Países del Alba. Veamos lo que dice el autor de Las Venas Abiertas de América Latina, la cita es extensa pero necesaria:

“Es un inmenso honor para mi recibir esta condecoración que lleva el nombre de Simón Rodríguez, que fue llamado el loco, lo conocían como el loco Rodríguez, en la primera mitad del siglo XIX, porque este loco fue capaz de hacer la primera revolución educativa de América latina, que está todavía a medio hacer, pero él fue el profeta y el que la puso en práctica durante los años que vivió. 

Después pasó casi medio siglo, más de 50 años a lomo de mula recorriendo las costas del pacífico y las montañas andinas, fundando escuelas en todas partes, donde se realizaba ese ideal educativo, que es también nuestro ideal educativo de estos días que estamos viviendo tan intensamente aquí y en toda América latina ¿por qué? Porque Simón Rodríguez había luchado, era un hombre muy valiente, y a lomo de mula andaba recorriendo pueblo por pueblo y ciudad por ciudad, siempre con su proyecto de las escuelas nuevas, de las escuelas revolucionarias, y a los que mandaban, a los que mandaban el loco Simón les decía: ¡copiones! ustedes que copian todo, todo lo que viene de Estados Unidos y de Europa, por qué no le copian los más importante que es la originalidad. 

Eso decía el loco Rodríguez, y por eso lo llamaban loco, justamente, porque él proponía una escuela nueva jamás vista en estas tierras, sobre la base de lo siguiente, voy a decirlo textualmente, tal como él lo escribió, era el consejo a los educadores: “enseñen a los niños a ser preguntones, para que pidiendo el por qué de lo que se les manda a hacer, se acostumbren a obedecer a la razón, no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. En las escuelas deben estudiar juntos los niños y las niñas, primero porque así desde niños los hombres aprenden a respetar a las mujeres, y segundo, porque las mujeres aprenden a no tener miedo a los hombres”. 

Fíjense, todo esto formulado a viva voz allá por el año 1.830, 1.835, en tierras que no estaban acostumbradas a escuchar semejantes locuras, por eso el loco era llamado el loco, porque para colmo de males en sus escuelas predicó y practicó la enseñanza manual simultáneamente con la enseñanza intelectual, acabó con un divorcio heredado de la época colonial que nos enseñó a despreciar la mano humana. 

En los documentos monárquicos, españoles, se hablaba de los oficios viles, eran los oficios manuales: carpintería, albañilería, agricultura, eran oficios viles y se denunciaba a quien practicara un oficio vil, porque en el acto perdía el derecho de hidalguía y en lo sucesivo no podía llamarse noble. 

Y contra eso, Don Simón Rodríguez, en sus escuelitas modestas, enseñaba que los varones deben aprender los tres oficios principales: albañilería, carpintería y herrería, porque con tierras, maderas y metales, se hacen las cosas más necesarias. Y decía, este profeta loco, decía: “se ha de dar instrucción y oficio a las mujeres, para que no se prostituyan por necesidad, ni hagan del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia”. Y decía también: “al que no sabe, cualquiera lo engaña, y al que no tiene, cualquiera lo compra”. 

Fíjense ustedes qué frase, de hace años de años, este hombre a lomo de mula, solito, cada vez más solo, más y más solo… por predicar la verdad y por practicarla, y por proponer un mañana que no fuera una repetición del ayer y del hoy, sino un tiempo diferente y libre para todos los habitantes de las americas.

A los 80 años escribió una frase terrible, pero que no quiero dejar de leer, por mal que les vaya a sonar: “yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos y la hice un infierno para mi”.  Yo dije: solo, que estaba solo, pero en realidad no del todo solo, y les voy a leer un texto que yo escribí a propósito, del último tiempo de Simón Rodríguez en la tierra, es algo que está fechado en 1.853 en el puerto de Paita, un puerto triste de Perú, y se llama los tres porque este relato tiene tres protagonistas: uno que es un fantasma, pero vivo, que también se llamaba Simón, como Simón Rodríguez (ya se imaginan de quién hablo) y otros dos:

Ya no viste de capitana, ni dispara pistolas, ni monta a caballo, no le caminan las piernas, todo el cuerpo la desborda de gorduras, pero ocupa su sillón de inválida como si fuera trono, y pela naranjas y guayabas con las manos más bellas del mundo.

Rodeada de cántaros de barro, Manuela Sáenz, reina en la penumbra del portal de su casa.

Más allá se abre entre cerros del color de la muerte, la bahía de Paita.

Desterrada en este puerto peruano, Manuela vive de preparar dulces y conservas de frutas, los navíos se detienen a comprar y gozan de gran fama en estas costas sus manjares, por una cucharita suspiran los balleneros. Al caer la noche, Manuela se divierte arrojando desperdicios a los generales que fueron desleales a Bolívar, convertidos en perros, Santander, Páez, Córdoba, Lamar y Santa Cruz disputaban los huesos. Y ella encendía su cara de luna, cubría con el abanico su boca sin dientes, y se echaba a reir y reía y reía con todo el cuerpo y los muchos encajes volanderos. 

Y el tercero, vivía en el pueblo de Amotape, fue el último de sus destinos, y siempre montado en lomo de mula venía a verla, venía a ver a su vieja amiga Manuela Sáenz, el viejo amigo que le quedaba que era Don Simón Rodríguez.

 El andariego Simón Rodríguez se sentaba en una mecedora junto a Manuela, y los dos fumaban, y charlaban y callaban, las personas que más quiso Bolívar: el maestro y la amante.

Cambiaban de tema si el nombre del héroe se colaba en la conversación. 

Cuando Don Simón se marchaba, Manuela pedía que le alcanzaran el cofre de plata, lo abría con esa llave que llevaba escondida en el pecho, y acariciaba las muchas cartas que Bolívar le había escrito, había escrito a la que llamaba única mujer, mujer única, gastados papeles que todavía decían: quiero verte y reverte y tocarte y sentirte y saborearte…

Entonces Manuela pedía el espejo y se cepillaba largamente el pelo por si él venía a visitarla en sueños.

Muchas Gracias.” 

Galeano termina con vehementes palabras su homenaje a Rodríguez: 

“Nunca olvidemos al loco, al que fue capaz de locura en tiempos que la cordura consistía en obedecer a los que mandaban, y él fue un desobediente, y por eso cometió el pecado imperdonable de enseñar lo que estaba prohibido enseñar, que era la libertad. 

Él predicó y practicó la libertad que enseñaba. ¡Gloria eterna a Simón Rodríguez! ¡que no se nos muera nunca! Que vivo continúe en la enseñanza que se está impartiendo en países como Venezuela y otros países que por fin despiertan de la larga siesta colonial para convertirse en tierras de libertad como las que él había soñado que fueran posibles.”   

Ese es el reto que está en nuestras manos, hoy nuestros maestros hacen protestas, yacen vacías algunas aulas. No miremos a otro lado, no hay bloqueo que avale en boca reformista que las ideas de Robinson, Bolívar, Chávez, naufraguen.

Llegue a todos los maestros de nuestro país, comprometidos con su vocación, toda nuestra solidaridad.

¡Viva Samuel Robinson!

¡Viva Simón Bolívar!

¡Viva Manuela Sáenz!

¡Viva el Comandante Chávez!

¡Vivan los maestros de nuestra Patria!

¡La continuidad de la Revolución es la Confederación!

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